Nando baja cada tarde a dar un par de vueltas a la manzana de la mano de Sara, su mamá. Necesita los brazos de la calle para acunar su angustia cuando los de su madre no pueden. Sus estereotipias se intensifican, los gritos comienzan a ser más fuertes y seguidos, y de ahí a autolesionarse quedan cinco minutos. Tiene veinte años y autismo severo. —¡Cabrones, a casa! —¡Mírales qué pachorra! ―No se les cae la cae la cara de vergüenza…… Seguir leyendo